La risa y el hombre Zen.

Aquellos ojos traspasaron el umbral de mis vergüenzas,
Aquel silencio rozó sin pudor el límite de mi comodidad,
Esos momentos compartidos me llevaron hasta la pared infranqueable,
El muro de piedra gris con el que tantas veces me topé,
Con el que me ensañaba duramente.
Y fue entonces que pude pararme ante el muro con curiosidad e inocencia.
Observé y guarde silencio.
No juzqué la piedra,no juzqué el frio,
simplemente me detuve a sentir.
Tras el vértigo inicial,
tras las prisas,
la incoherencia y la marañana de pensamientos,
Ahí estaba la risa,
esa risa que libera,
que deja espacio para lo que simplemente Es.
Llevo riendo desde entonces,
sabiendo que esta risa también pasará,
que la energía de esta liberación espontanéa llegará a un punto de quietud.
Nada que juzgar,
nada que opinar,
nada que explicar.
solo Es.
Miro hacia atrás agradecidada y honro a la esencia de esa mirada,
de ese silencio,
de esas manos que pusieron ante mí el espejo inmaculado para poder verme con todo mi esplendor.

Y suelto,
suelto también ese recuerdo,
ese espejo,
esa mirada…
y me entrego a la vida confiada en que ya soy.

 

 

 

 

 

 

 

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